Esa cosa que llamamos amar

Me emocionan las cosas tontas, cosas tontas como leerte en alguna red social, pensar que todo lo que pones ahí va conmigo, que te guste...


Me emocionan las cosas tontas, cosas tontas como leerte en alguna red social, pensar que todo lo que pones ahí va conmigo, que te guste esa canción que alguna vez a mí también me gustó, que te guste comer, porque qué coincidencia, a mí también me gusta comer. Y es que ser tonto está bueno de vez en cuando, ponernos en modo tonto, asentir a cada rato, querer impresionar, ponerse guapa, bailar al ritmo de lo que sea que te gusta bailar, beber de todo un poco, porque solo se vive una vez y qué lindo que te ves bebiendo lo que sea y que bailamos mal y que nos da igual. Me emociona que tu billetera combina con mi blusa favorita y sé que es el destino, juro que es el destino y si es que existe el destino (y creo que sí porque me lo dice la realidad) esto es: tú, yo, este encuentro, la combinación de nuestras cosas, nosotros somos el destino. Qué emoción, que justo nos vinimos a encontrar acá y ¿quién diría, no? y las cosas pasan por algo, lo sabemos, hay que dejar que todo fluya y todas esas frases clichés que obviamente aplican y nunca van mal. 
Nada va mal, si me gustas nada puede ir mal, me lanzo te beso, te guardo, te enseño, me hago la tonta, me olvido del lenguaje, aprendo uno nuevo, hablo tonterías, balbuceo, soy un bebé, soy un adulto, ¿qué soy? qué tonto todo esto, pienso, me arrepiento, pero te beso, no me arrepiento. Juego con fuego, corro con tijeras, como con las manos, rompo la regla de los 5 segundos y me como ese caramelo, rompo el espejo, abrazo al gato negro, abro el paraguas y luego pienso, (¿pienso?¿justifico?¿Le doy un sentido?) que esto es amor, amor verdadero y que nada puede salir tan mal.

Menos bla

Porque hoy en día a nadie le gusta hablar, esa es una costumbre que ya se perdió, ya pasó de moda ya es anticuada. Porque conversar de ...

Photo by Jacob Ufkes on Unsplash

Porque hoy en día a nadie le gusta hablar, esa es una costumbre que ya se perdió, ya pasó de moda ya es anticuada. Porque conversar de algo denso hace doler la cabeza y para eso mejor hablamos de banalidades y no nos complicamos la vida, mejor dejamos que la mente repose 24/7. Y es que conversar es darle a entender al otro que quieres sumergirte en su vida, es incomodarse, es estar dispuesto a incomodarse y ¿para qué? Si converso dos horas, son dos horas de memes que me habré perdido y las notificaciones de los diez chats en whatsapp y luego se me llena el móvil y para eso mejor me quedo detrás de la pantalla y le digo que me cuente por mensajes y los leo a lo largo de día y le respondo entre el gym y el almuerzo, o mientras espero el ascensor, o mientras manejo.
Y además cuando se habla mucho siempre se acaba triste, porque la felicidad viene primero, pero luego sale lo real, lo reprimido y ¿Quién quiere estar triste? ¿Quién quiere llorar, llenarse de mocos, hincharse los ojos, ahogarse en la almohada, dañarse el cabello, bajar las pestañas? ¿Quién quiere balbucear de dolor? La tristeza es el mejor repelente y por eso hay que seguir siendo felices y usar frenillos y blanquearse los dientes... porque a nadie le gusta una sonrisa imperfecta, seamos sinceros.
Evitémonos todo este bla bla bla, dejémoslo para luego, para esos tediosos reencuentros con las amigas una vez al mes, los momentos incómodos en el ascensor, o esa caminata involuntaria justo hacia la misma dirección. Creemos otro chat, sintámonos unidos más lejos que nunca. No nos compliquemos con tanta humanidad, mejor seamos felices y comamos perdices. 

Fin

Blind date

Es curioso, que existan lugares en los que no nos importe la proxémica, lugares, situaciones, momentos, 5 minutos, 30 segundos en l...



Es curioso, que existan lugares en los que no nos importe la proxémica, lugares, situaciones, momentos, 5 minutos, 30 segundos en los que esta distancia que nos aleja del otro deja de ser importante, se desvanece, nos acompaña. Es increíble, extraordinario, divertido, risible, cómo en ciertas situaciones, nuestra mente pareciera divagar tanto que no nos damos cuenta de que una de nuestras manos está a 5 cm de coger la mano de otro o que nuestros cuellos están a un empujón de recibir un beso inesperado. Y así vivimos, intimando con pequeños roces de nuestras rodillas en los asientos del bus, coqueteando con las caderas en los bancos de los parques, tomando descansos en la espalda de alguien en el metro, combatiendo la soledad al tocar los dedos de otro en el pasamanos del cole, museo, comedor, trabajo (inserte aquí su incidencia). 
Pero el encantamiento se va, se rompe la burbuja, tomamos conciencia y retorna la paranoia, el desespero, la humanidad. Y con un espasmo que retuerce regresamos a nuestro sitio, raudos, esperando que pase el mal rato, la incomodidad; se dispara la hipersensibilidad, nos llega nítido el olor al perfume que nuestro acompañante utiliza en exceso, atisbamos la uña, un poco más grande que las otras, que pasea sin vergüenza. Nos alcanza el aliento de cuatro tazas de café y tres cigarrillos, hacemos zoom de la lagaña que se alberga en su lagrimal derecho, y la ceja mal depilada, el bigote creciente, el lunar raro de la herencia, el calce de la muela de juicio que no se alcanzó a operar de emergencia… no se nos escapa una. 
Cuando llega la huida, zafamos victoriosos, un respiro largo y a seguir por el camino seguro.
Eso sí, a la vuelta de la esquina nos espera el próximo ensimismamiento, en el que los cuerpos inconscientes y traviesos se volverán a encontrar.

Un buen café

Hace calor allá afuera, unos 40 grados. Siento las gotas de sudor recorrer todo mi cuerpo, me soplo el espeso aire caliente con un aban...


Hace calor allá afuera, unos 40 grados. Siento las gotas de sudor recorrer todo mi cuerpo, me soplo el espeso aire caliente con un abanico colorido que saco del bolso de mi mamá. Me levanto el pelo en una cebolla imperfecta, me molesta cada cabello que llevo encima; no lo puedo sostener todo, hago el mejor intento utilizando mi sudor como fijador momentáneo. Siento la cara pesada, me doy cuenta de que se debe a la reserva de sudor que se almacena en mis cejas y que solo sale cuando paso algo por ellas. Mi espalda es un río, mi ombligo un pozo, llevo falda, pero entre mis piernas se guarda la humedad que se niega a morir. Quiero arrancarme la ropa, pero recuerdo que estoy en un espacio público y no quisiera ser parte de los titulares de algún periódico populista que diga “Sí que se le subió la temperatura” o algo por el estilo. Recupero la compostura, trato de apreciar cada pequeña brisa que me da la escasa naturaleza que me rodea. Me desabrocho un botón de la blusa, dos, observo orgullosa mis senos redondos y le agradezco a esa instructora virtual y su canal de youtube que está dando excelentes resultados. Los admiro y continúo viendo las gotas de sudor caer y caer, creo competencias entre ellas, haciendo apuestas sobre cuál caerá primero.

Por fin llegó el momento, me seco el sudor como loca con el último pedazo de Kleenex que encuentro, limpio mis gafas, me acomodo la blusa, la falda, el cabello… Trato de aparentar frescura hasta que por fin me entregan mi doble espresso americano para llevar.
Después de todo, no hay calor que me impida disfrutar de un buen café. 

Camaleón

Llega el día del primer encuentro y haces lo que sea para encajar con esa persona con la que planeas establecer una relación, está...





Llega el día del primer encuentro y haces lo que sea para encajar con esa persona con la que planeas establecer una relación, estás preparado para reírte de sus chistes, asentir un millón de veces jurándole que tienen exactamente las mismas referencias culturales, googlearás en secreto los nombres de sus artistas favoritos, leerás en cuestión de segundos sinopsis de esas películas que considera de culto, para no quedar como un perdido y que su enamoramiento hacia ti sea fatal.

Serás adorador de fútbol, conocedor de vinos, amante de deportes extremos, activista ecológico, domador de animales, gamer, chef, apreciador de moda, todo lo que sea necesario para mantener vivo ese deseo oculto que guarda el primer encuentro. 
Confiarás en el fallo de la memoria, en el paso del tiempo, en que se enamore de lo que sea que crea que eres y luego volverás a ti, a tus manías, a tus costumbres, a insultar de más, a ser alérgico a su gato favorito llamado melcocha, a morderte las uñas con desespero, a usar las pijamas flojas, a ser un humano más; volverás porque la costumbre habrá ocupado las diferencias que los pueden separar.

Entenderás que amar es eso, y que si no surte efecto y el desencanto se topa con la relación, deberás aplicar la carta del desamor e irte con dignidad, listo para volver a aplicar tus habilidades camaleónicas y así volver a nacer en las preferencias de otro.


Las visitas al aeropuerto

Tienes que estar preparado para entrar a un aeropuerto, porque una vez que estás adentro, tu susceptible humanidad está expuesta a to...




Tienes que estar preparado para entrar a un aeropuerto, porque una vez que estás adentro, tu susceptible humanidad está expuesta a todos los riesgos que conforman este complejo lugar, y en un solo segundo podrías verte atrapado en un laberinto emocional difícil de evitar.

Sin darte chance a nada, en medio de un bostezo, los aeropuertos te envuelven en su ambiente denso y te convierten en un curioso observador, en un intruso lejano, uno que inventa historias de todo lo que lo rodea, uno que hace hipótesis, asume, cuenta maletas, imagina su contenido y se divierte creando finales felices.
Y así sigues, sigues hasta que te olvidas de tu propia vida y te sumerges completamente en otra, te olvidas, te desorientas y pierdes la razón, caminas por el aeropuerto por horas, días, semanas sin rumbo alguno. Y cuando por fin encuentras la puerta, sales a la calle perdido en tu nuevo mundo; inicias otra vida sin recordar la que dejas atrás. 

Si lees esto a tiempo asegúrate de estar preparado, guarda en tu bolsillo una notita para que los que te encuentren por las calles, puedan devolverte a tu hogar en caso de extravío. 

Vuelo

Te vi entrando al avión con tus maletas de cuero verde con listón concho de vino que seguramente utilizas para evitar extravíos, vi las ven...

Te vi entrando al avión con tus maletas de cuero verde con listón concho de vino que seguramente utilizas para evitar extravíos, vi las venas brotadas de tus brazos, tu espalda ancha y esos brazos blancos acompañados por los vellos que me saludaron al pasar. Te desnudé con la mente y descubrí ese pequeño tatuaje que te hiciste en el omóplato izquierdo, ese mar de lunares que se esparcen por tu espalda baja y tu cuello infinito color a miel que en en solo un instante moría por devorar. Vi en tus ojos preocupación, angustia, desespero, seguramente viajabas por negocios y algo no andaba muy bien, imaginé que ponía mi mano sobre la tuya y que te besaba lento el ceño fruncido, invitándote luego a mi boca para saborear la tranquilidad. Escuché tus ronquidos leves desde mi asiento, me asomé a ver tu boca entreabierta y ese iPod que seguía sonando con el playlist que armaste especialmente para el viaje. 

Te vi escoger Lasagna en lugar de lomo a las finas hiervas y me reí al descubrir que tenemos eso y más en común. Percibí el aroma de tu cuerpo y me imaginé acostada sobre tu pecho planeando un futuro irreal. Lamí en el aire tus labios, hurgué tus pensamientos, inventé tus miedos, compartí tus incomodidades y tus ruegos, hasta que te vi marcharte hacia tu vida.
Te recordaré al ver este pasillo angosto y el asiento 15B desocupado, o al menos hasta que salga el próximo vuelo y me traiga otro nuevo amor pasajero.