Insomnio

Me doy vueltas en la cama pensando en la humanidad, en toda la humanidad, en este planeta lleno de humanidad. Y yo que soy parte de la human...

Me doy vueltas en la cama pensando en la humanidad, en toda la humanidad, en este planeta lleno de humanidad. Y yo que soy parte de la humanidad, ya no me soporto.


Intenciones

Tengo ganas de todo y tengo ganas de nada. Ese es el current mood de los jóvenes y jóvenes adultos de nuestra sociedad; listos para comerse...

Tengo ganas de todo y tengo ganas de nada. Ese es el current mood de los jóvenes y jóvenes adultos de nuestra sociedad; listos para comerse al mundo, pero con demasiada pereza como para hacerlo realidad. Es feo cuando te das cuenta que te has dejado atrapar por este estado y muchas veces no ves que estás sumergido en él, y es que la rutina está matando tus ganas. 
De vez en cuando te entra, un espasmo esporádico, una recarga de motivación y llegas a ver las cosas más claras, en cuestión de cinco minutos organiza tu ideas, te das un poco de esperanzas y sientes que saliste a flote, lejos del resto de personas que se sigue hundiendo en la zona de confort.
Tienes que intentar aferrarte a ese sentimiento, porque la frecuencia con la que se aparecerá de ahora en adelante, dependerá de cómo aproveches cada una de estas recargas. Atesóralo y no lo dejes ir, guárdalo en un cajita en tu subconsciente y visítalo de vez en cuando, para que crezca como una linda flor. Al final, tendrás un jardín completo de ganas y entonces nada podrá pararte.
Pero ten cuidado, un exceso de acumulación de “intenciones”, pueden quedarse en la nada; luego  de una cantidad prudente de episodios motivacionales, deberás pararte (o sentarte, dependiendo de lo que sea que quieres lograr) y empezar a hacerlo realidad, caso contrario todo quedará como un bonito sentimiento que pudo ser.

Ventilador

Vivo en Guayaquil, ciudad reconocida por su intenso calor y matadora humedad. Hasta los 18 años me tocó compartir cuarto con una de mis he...

Vivo en Guayaquil, ciudad reconocida por su intenso calor y matadora humedad. Hasta los 18 años me tocó compartir cuarto con una de mis hermanas, teníamos dos camas, un televisor, una enorme ventana que daba a la cuadra de nuestro barrio y nuestro mejor amigo (sí, antes que el televisor) el ventilador.

Toda la vida tuve un ventilador de techo, de esos que son color café y le dan un aspecto vintage a tu cuarto (parecen haber sido sacados de la casa de tu abuelita), a pesar de que no lo quieras así. Con mi ventilador, aprendí algunas cosas; por ejemplo a ser precavida. Con lo mucho que nos gustaba a mi y a mis hermanas jugar paradas sobre la cama, algunas veces vi cómo las duras y maderadas aspas de mi amigo golpearon sus cabezas y las hicieron llorar como tontas. Yo, aunque soy la más pequeña en estatura de las tres, no volví a pararme sin antes asegurar que mi cabeza quedara lejos y segura.

Aprendí a valorar la limpieza de la casa, puesto que cuando el calor llegaba a un nivel insoportable, no había mejor spot que el piso. Como se convirtió en una costumbre pasar horas echada en él, me preocupaba por mantenerlo reluciente y libre de futuros detonantes de alergias. 
Es que, repito, no hay nada mejor que acostare en el piso; poder sentir cómo tu perro se pone a tu lado, que te pega una esporádica lamida y que se duerme contigo sobre el frío de la cerámica. Te concentras, te concentras tanto en ya no tener calor, que se te despeja la mente; es una ironía muy tonta, pero cierta. 

Aprendí a ser responsable. Siempre que alguna de mis hermanas o yo dejábamos prendido el ventilador cuando nos íbamos del cuarto, mis padres me retaban como si estuviese incendiando la casa. Frases como: “inconsciente”, “no te importa nuestro esfuerzo”, “como tú no recibes las planillas” eran parte del día a día. Luego entre nosotras nos recordábamos apagarlos para evadir el sermón. 

Aprendí a no rendirme nunca y ser recursiva ¿han visto lo inalcanzables que son las tiritas del ventilador? para una persona de mi estatura, (que es promedio para nuestra población femenina) es casi imposible solo estirar la mano y poder regular su velocidad o encender la luz. Entonces cambiaba de estrategias para llegar a ellas; me ponía los tacos de mi mamá, o bajaba a ver el banquito de la cocina o practicaba saltando (esta siendo la menos recomendable, ya que me podía caer o hacer que el ventilador e venga abajo), así me las arreglé hasta hoy y me ha ido bien.

Hoy, que el 60% de mis horas las paso fuera de casa, ya sea por el trabajo o por las tan anhelada  salidas de vida social; hoy que tengo 23 años y que nos mudamos a otra casa, mis padres decidieron que era hora de poner un aire en mi cuarto. Creo que adaptarme va a ser difícil, mi mente está tan no acostumbrada a tener este artefacto enfriador, que ya me he encontrado varias  veces muriendo de calor y no acordándome de su existencia. 
Pero cuando me acuerdo, es divertido sentir un poco de poder, porque creo que en Guayaquil controlar el frío te da poder y cuando tengo el control en la mano, es como estar en una película. 

El ventilador viejo y tan familiar sigue en el techo de mi cuarto, supongo que un poco molesto al ver ese moderno aire junto a él, pero sabe que sigue siendo indispensable y sabe que para mí, más que un ventilador es un amigo.

Kamikaze

Siempre pienso que mi cabeza es un laberinto; me tranquilizo creyendo que todo laberinto tiene una salida, que solo tienes que saber guiar...

Siempre pienso que mi cabeza es un laberinto; me tranquilizo creyendo que todo laberinto tiene una salida, que solo tienes que saber guiarte, confiar en tus instintos y podrás descifrarlo para alcanzar la libertad. Luego me doy cuenta que tal vez no es un laberinto, tal vez solo está en modo “espejismo”, uno que te sigue vendiendo que algún momento alcanzarás eso que tanto añoras, pero muy al fondo sabes que realmente no hay forma de que pase y seguirás luchando por llegar a ese paraíso que no existe. Regreso a la teoría del laberinto, que luce más atractiva y me da un poco más de esperanzas para seguir adelante; en seguida me fijo que mi mente, muy  audaz se ha encargado de que el laberinto esté en continua construcción, evolucionando la dificultad para encontrar la salida, lo que hace que la hipótesis del espejismo vuelva a aparecer y a no sonar  tan orate como parecía.
Es entonces cuando me doy cuenta (o creo darme cuenta), que lo que pasa es que mi mente no es mi mente, es la mente de un kamikaze que busca repetidamente formas de auto mutilarse, para dejar este mundo de una manera heroica o por lo menos memorable. Solo basta que de cierta manera alcance un estado de paz, para que entre en alerta y vuelva a crear un sentimiento de auto destrucción, que lleve todo al borde de una nueva crisis.
Y es que el estado de crisis puede llegar a ser tan placentero; te sumerge, te ahoga, te envuelve y cuando intentas salir te encuentra y te seduce.

Siempre pienso que mi cabeza es un laberinto, luego me acuerdo de lo complicado que es pensar en eso y prefiero evadir el tema y seguir discutiendo sobre alguna cosa sin sentido en el mundo real.

El que busca...

¿Qué vas a hacer con tu vida? todo el mundo pregunta lo mismo. Ya estás trabajando, tienes un sueldo aceptable para tu edad, pero te s...

¿Qué vas a hacer con tu vida? todo el mundo pregunta lo mismo.
Ya estás trabajando, tienes un sueldo aceptable para tu edad, pero te sigues sintiendo en el maldito limbo. Para empeorar las cosas, todos se están yendo a hacer sus lindas maestrías, subiendo fotos de los hermosos y envidiables lugares que están conociendo y el único paisaje que tú sigues conociendo, es el corcho de tu puesto de trabajo y tus compañeros de oficina que de tanto verlos ya te sabes cada una de sus mañas de memoria (y aunque algunos te molestan, como esa carraspera interminable del chico de al lado, no hay nada que puedas hacer para ponerle fin).
Por otro lado, los que aún no se van, no paran de hablar de cómo va a ser irse, de qué van a estudiar, de cómo eso va a complementar su sueño profesional y, claro, de cómo ya quieren irse de sus casas, ser libres y pegarse un “euro-trip” antes de empezar sus estudios o antes de regresar a casa de nuevo. Entonces te das cuenta, de que no tienes ni euro-trip, ni destino, ni idea de qué vas a estar haciendo de aquí a un año (además de seguir siendo tú).
A veces piensas “Se acabó, me voy, me lanzaré y tomaré el riesgo, tengo que hacer eso que me gusta, en lo que soy buena” te paras por un instante de tu puesto y cuando te das cuenta, aún no sabes qué es eso; te vuelves a sentar, te pones lo audífonos y sigues haciendo ese bendito reporte que lo empeora todo. De pronto, ves cómo la gente empieza a encontrar su propósito y te asustas. Empieza la peor parte: la ansiedad, la mordedera de dedos, las esporádicas crisis en las que te haces bolita en tu sábana o te desmoronas con tus amigos o tu novio y te ve llorando por media hora sin entender por qué, ya que en este punto ya solo balbuceas, aunque en tu mente tienes clara la raíz de tu dolor y solo sigues llorando hasta que se drenó el dolor, te puedes volver a sentar y le das una tregua a tu mente (suspiro).
¿Quién dijo que es fácil? Y mi papá, que sigue diciéndome que soy jovencita “23 añitos, sigues en pañales” “Tienes el mundo por delante” “ya quisiera yo vivir en tu época” Pero realmente no entiende mi carrera y por más empático que sea (y lo es), sigue metiendo el término “ingeniería” en lo que para él sería el ideal de carrera y título en mi vida. No lo culpo, a mí me da miedo mi carrera y lo que signifique para mi futuro seguir en ella.
Convencida me he escuchado varias veces decir “lo que yo quiero es escribir” y bueno, por eso estoy aquí y están aquí estas palabras, que por ahora, son ese escape que tanto necesito y sé que las tendré conmigo por siempre. Entonces, tal vez estar perdido no está tan mal, mientras encuentres alguna manera de encender una pequeña luz de vez en cuando, todo lo que sea necesario para evitar que a la larga cojas tu computadora la lances contra el piso, mientras vociferas alguna frase de odio sin sentido, para luego estrellarla contra la ventana y muy seguramente recibir una orden de despido de tú conveniente trabajo.
En fin, hay que seguir buscando ¿no?



Mente elocuente de un crimen absurdo

No me hubiera imaginado que el despropósito que me inculparía como única asesina saldría de mí boca; no justo en el instante en el que M...



No me hubiera imaginado que el despropósito que me inculparía como única asesina saldría de mí boca; no justo en el instante en el que Manuel, mi amado Manuel, se aproximaba por detrás para darme un abrazo, el último que recibiría sin resentimiento. Nunca lo pensé así. Yo lo amaba.

Había pasado una semana desde el incidente, tiempo en el que yo fui su vía de desahogo, su apoyo constante, su pañuelo impermeable, que nunca fallaba cuando necesitara llorar.

Él, como todo niño de la alta sociedad, tenía una nana (también una mamá, pero esta sentía la necesidad de que su hijo fuese vigilado día y noche y por Dios cómo iba a cambiar ese pañal sin dañarse las uñas). Era una señora de mirada cálida que encantaba por ser sus ojos de un azul indefinido, tener arrugas que se le habían acentuado con el pasar de los años y manos envejecidas y callosas, que estaban llenas de anécdotas. Siempre para acompañar su presencia, un atuendo conformado por una pequeña chaqueta roja tejida; el mismo viejo vestido floreado de toda su adultez y esos pequeños mocasines negros. Inspiraba seguridad y familiaridad. Eran estos, elementos que a pesar del tiempo aún mostraban rastros de que en su juventud fue toda una beldad. ¿Quién tendría deseos de lastimar a una mujer así? Alguien sin intenciones previas quizás, al menos yo contra ella no tenía resentimiento alguno.

Al conocerla el preludio de la conversación fue ameno, algunos chistes de Manuel, recuerdos en pañales de él y sus hermanos, recomendaciones para la relación y los gestos de aceptación. Junto a mí la hermana de Manuel, eterna celosa, agarraba fuerte la mano de la nana, como para mostrar pertenencia, y me hacía mohines que probaban la ojeriza indeleble que sentía hacia mí.

A veces pienso que Manuel me tuvo que entender, puesto que era su hermana la que me amenazaba y yo no me podía quedar cruzada de brazos mientras que ella ingeniaba sus infinitas artimañas para que me separara de él. Por eso lo planeé, era el procedimiento perfecto y a demás, solo la haría sufrir por un rato.

Me sentí como toda una estratega. Tuve que sincronizar su llegada al evento familiar, cada paso que diera para que fuese en la dirección correcta, tenía que guiarla hasta mi objetivo. Le ofrecería su bebida favorita: Un cuba libre; pero con un pequeño toque especial dado por una sustancia no perteneciente al producto, claro está. según lo que me dijo el farmacéutico, esta solo haría que se le obstruyese momentáneamente la tráquea; pero que en unos instantes le regresara a la normalidad.

Me asomé para atisbar sus movimientos, vi que ya se encontraba en el lugar de la broma, pero repentinamente, sin si quiera darme tiempo para actuar, la hermana de Manuel salió fulminada de la cocina empujándome para que le abriera el paso hacia la sala. Me volví a asomar e ingresé para recoger la bebida que permanecía intacta. Sumida en desconcierto y preguntándome qué había ido mal, no me di cuenta que la nana de Manuel me seguía hacia la cocina en busca de algo que saciara su sed.

Recuerdo que todo sucedió muy rápido: Sus manos llenas de experiencia cogieron el vaso, un trago largo llenó su boca del líquido que terminaría con su vida frente a mis ojos. Un instante después ya me miraba pidiéndome ayuda, hasta que rendida cayó al piso. Por efecto de mi gran caletre, pero llena de temor di un paso hacia atrás, borré toda evidencia que me delatase y salí despavorida en dirección contraria al lugar de los hechos.

Había muerto en la cocina y agonizado ante mí. Sin embargo puedo (y quiero) decir que no tuve toda la culpa, porque estando consciente le advertí a la mujer que no ingiriera la bebida; Manuel tuvo que haber contrastado mi comportamiento completamente abnegado de la última semana con lo sucedido, yo estuve ahí, y en lo que a mí concierne todo fue accidental.

El día que lo descubrió admití y acepté que fue un error de mi parte el no haber tenido un plan de contingencia que asegurara mi cometido, pero también le prometí que no se repetiría.

Desde ese día Manuel cambió, estaba ofuscado, hablaba sin sentido alguno, sollozaba desesperado; mirándome me penetraba con ese sentimiento de culpa que en toda la semana no se había aparecido por mi mente; ya no podíamos ser felices y me di cuenta en el instante en el que por las noches solo lloraba y me gritaba antes de ir a dormir. Se intensificaron las peleas constantes por su parte, acompañadas con esos ojos llenos de furia; una que nunca conocí, ahora vivía en él. Yo lo amaba. Pero en medio de tanta confusión y tristeza a la que me enfrentó, un domingo en la mañana él se encontró con mi plancha de cabello en la tina. Murió electrocutado, mientras le preparaba el desayuno.

Mi amado Manuel, ayer fue tu penoso entierro, al que me presenté por mostrar urbanidad a tu familia, inclusive a tu hermana, a la que ahora frecuento casi todas las tardes; y a la que le expliqué contrariada tu accidental muerte, que al igual que la de tu querida nana, nadie vio venir.

De las otras vidas

La pequeña tenía miedo de salir. La luz del sol la aturdía y hace poco se había dado cuenta de que le gustaba mucho más la lluvia y su hume...

La pequeña tenía miedo de salir. La luz del sol la aturdía y hace poco se había dado cuenta de que le gustaba mucho más la lluvia y su humedad que el calor. Pronto caería la tarde, por lo que decidió esperar quieta. Cuando atisbó el resplandor de la luna, se dispuso a salir; antes de dar el primer paso hacia la calle, fueron las sombras de la vida nocturna las que la espantaron. Esta vez no lloró, pero tuvo que aceptar, que después de aquel terrible suceso en el que perdió su identidad, no volvería a retomar la historia que en algún momento inició.