Foreigners

Qué miedo pensar que nunca conoceré tu voz real, que siempre nos quedaremos estancados en este idioma intermedio, global, que pretend...


Qué miedo pensar que nunca conoceré tu voz real, que siempre nos quedaremos estancados en este idioma intermedio, global, que pretende convertir el mundo en una sola masa. ¿Qué pasa si cuando me hablas en ese idioma complejo que te manejas desde la cuna, no me gusta el tono, todavía oculto, de tu original voz? ¿y si no aguanto tus expresiones, o tú las mías? ¿o las condenadas jergas, de las que no me escapo ni estando miles de kilómetros lejos de la madre patria? 
Pero no soy yo sin estos modismos, sin las onomatopeyas, sin las palabras tontas inventadas por la gente que suda mares en mi país natal, no soy yo sin las muletillas, sin las cosas que no comprende nadie más que mis semejantes allá a lo lejos. 
Y si no soy yo, y tú, evidentemente, no eres tú, entonces ¿quiénes somos?
Somos dos, somos cuatro.
Te dejo solo en la sala, me asomo desde la cocina y ahí está ese otro, lo veo mover las manos de manera irregular, cogerse el pelo, mover los labios, parlotear algo incomprensible. Carismático, muestra más los dientes que tú y con aparente ahínco. Vuelvo la mirada a lo que me compete y haciendo como si nada hubiese pasado camino hacia él. Te encuentro a ti y tu a mí, no hay rastro de quien sea que atisbé desde la puerta de la cocina. 
Ayer al pernoctar soñé con él y me levanté empapada. Me desperté junto a ti, pero al verte soñar lo vi a él, a los dos, por fin juntos: tu nariz larga, irregular, ese remolino de barba, las cejas infinitas y los labios diminutos. Su ceño fruncido y sus ronquidos, que claro está, sonaban a esa lengua que tanto nos separa.
Lo sentí a él abrir los ojos, hiciste en seguida el ademán de hablar, pero antes de que tú pudieras salir, le tapé con un dedo la boca.
Te sentí enojado esta mañana, sabías que había estado con él esa noche, nos besamos a secas y entre uno o dos comentarios nos despedimos para empezar la faena. Ambos celosos de nosotros mismos volvimos a la realidad, a esas palabras ajenas que no nos dejan ser. ¿Cómo pelear, gritarte y mandarte a la punta de un cuerno, si tal vez no sepas de qué cuerno hablo o tal vez ni logres entender de qué va tanto griterío? 
Una noche, dos, tres, esto se va haciendo costumbre, a regañadientes, del otro lado ya aprendimos a lidiar. Como desesperados esperamos a las madrugadas para dejarnos llevar. Gritos, susurros, gemidos en varias lenguas y sin darnos cuenta empezamos a entender y descifrar dialecto, todo se comienza a mezclar. 
Tal vez algún día llegaremos a ser solo los dos, pero por ahora tocará encontrarnos a escondidas, a la hora en la que todos callan, esa que nosotros escogimos para empezar a hablar entre las sábanas.

Mantis

Te devoro deprisa, sabes a canela añeja de la alacena de mi mamá. Mientras te saboreo, me apena un poco pensar que te acabaste tan ráp...


Te devoro deprisa, sabes a canela añeja de la alacena de mi mamá.
Mientras te saboreo, me apena un poco pensar que te acabaste tan rápido. Pero en la mitad del pensamiento recibo un mensaje; ya está en camino mi siguiente cita, otra cosita dulce para completar. Después de todo, a pesar de las facilidades, es difícil saciarse en pleno siglo XXI. 

Puñaladas

Estábamos en la mitad de un beso cuando sentí la primera punzada, fue débil, pero dolía; esa primera puñalada me la diste en un luga...



Estábamos en la mitad de un beso cuando sentí la primera punzada, fue débil, pero dolía; esa primera puñalada me la diste en un lugar sensible, pero no mortal. Te vi irte tranquilo esa noche, mientras agarraba con mis manos el punto exacto del incidente para evitar el sangrado. Luego fui yo, que por distraída, más que por cualquier otra cosa, clavé mi puñal suave en tu muñeca, gritaste con fuerza, y con expresión horrorizada de tristeza; los dos supimos que esta sí que dejaría una fea marca. 

Sanamos juntos, y nos íbamos parchando, día a día, semana a semana. 

Luego las diminutas manchas de sangre fueron demasiadas, ya me era imposible disimular el dolor. Intentaba esbozar una sonrisa débil frente a lo otros, pero las heridas habían empezado a derramar más sangre de la esperada. 
La puñalada de ayer fue más profunda que las otras, y supe que se demoraría en sanar.
Poco a poco me iba desangrando y lo sabía, pero ya me había acostumbrado al dolor diario en pequeñas dosis y justo había descubierto el detergente perfecto para quitar las manchas de sangre que quedaban en toda mi ropa.
Así vivimos, sabiendo que amarnos sería esto, fuimos guardando botiquines de emergencia en cada rincón de nuestras vidas, listos para seguir disfrutando del dolor de estar juntos, porque a pesar de todo siempre estamos seguros de querer seguir juntos.
Si de vez en cuando la falta de sangre en nuestros cuerpos nos afecta y nos levantamos con ánimos de nada, nos llenamos de besos para recargarnos y continuamos con el día a día.
Desarrollamos, ilusos, un gusto por el dolor, por este placer extraño en el que buscamos exactamente lo que nos hace daño. Tal vez con ganas de sentirnos más vivos, o queriendo probarnos que podemos resistirlo; amamos el dolor que nos dejan los amantes, los que se quedan, los pasajeros, los de turno, todos.

Estamos ahora en la mitad de un beso áspero y nos iremos a la cama esperando que mañana se suavicen los labios. Y así cuidadosos hasta el final de los finales, aprenderemos a sangrar en pequeñas cantidades. A no ser que uno de los dos escoja el camino duro y se deje morir, acumulando las heridas hasta no poder más. Un asesinato, o un suicidio, da igual.
Huyendo sin saber que se camina directamente hacia otro dolor, una nueva adicción. Y así, hasta el final de lo tiempos.

Volver

Tratas de meterlo todo en las maletas con parsimonia, tranquilidad, calma y por un momento crees que lo tienes bajo control. Has hecho...



Tratas de meterlo todo en las maletas con parsimonia, tranquilidad, calma y por un momento crees que lo tienes bajo control. Has hecho ya la lista mental, asegurándote de que no falte nada. Ya apilaste las cosas por segmentos e incluso hiciste el cálculo de, más o menos, cuánto se te va a pasar cada maleta de  peso; respiras tranquila y por unos instantes te sientes feliz. Pero luego, poco a poco, te vienen a la cabeza todas las cosas que te has olvidado de guardar y así, entre ese zapato brillante y el par de calcetines gruesos, que tal vez nunca vuelvas a usar, intentas meter más y más artilugios que te acompañaron en esta etapa de la vida. 

Aunque no te da más el espacio, con una necedad infantil tonta que te invade repentinamente, te niegas a botar la factura de tu primera salida oficial en lo que fue tu nuevo hogar temporal, y la del que se convirtió en tu spot favorito para cafetear. Y ni hablar de las fotos acumuladas de cada uno de lo eventos que creíste que era relevante documentar, y esa tarjeta del metro, a la que todavía le quedan viajes, solo por si acaso no tardas en regresar. 

En el camino te topas también con los tickets de cada recorrido que realizaste en tren, incluso esos que usaste para no ir tan lejos y los vasos de los festivales, las pulseras y cada pequeño merchandising que decidiste que era imprescindible comprar. Ves la pila de mapas que fuiste recolectando en cada ciudad que visitaste y de la que te enamoraste. Así se van acumulando los recuerdos y en cuestión de segundos ya has llenado otra maleta y ya no sabes dónde meter más de esos objetos y momentos que te quisieras llevar para siempre. 

Y de golpe te percatas, de que no caben las veces que caminaste por la madrugada admirando la belleza de la ciudad, o las personas que conociste y que aunque sea por un par de minutos se convirtieron en parte de tu trayecto. No sabes dónde meter todas las veces que te dejó el bus y lo odiaste o en las que lo amaste porque hacía mucho calor y justo lo cogiste vacío y con aire. Y ese lindo dolor de los pies, que te quedó luego de caminar dos horas para confirmar que la ciudad se la puede recorrer andando. ¿Dónde metes todo eso? Las fiestas repentinas, las salidas con amanecidas, los encuentros multiculturales, los bares de turno. 
Y entre lágrimas gruesas, que se mezclan con la felicidad de volver a casa, poniéndote un poco romántica y en modo adolescente, te dices en voz baja que todas esas cosas te las llevas encima, te las guardas en el cuerpo, en la piel, en sus sensaciones. Y confías en ellas para activar la memoria y poder disfrutar de nuevo cada una de esas cosas que te hicieron tan feliz y que siempre lo harán.

Finalmente, luchando contra las libras y la nostalgia cierras las maletas.
Piensas en volver y vuelves, recordando, un poco aliviada, que siempre en sueños te puedes quedar.


Ganas

Una vez más se detuvo antes de llevar a cabo su plan. Aunque había ya tomado el impulso y tenía todo lo que necesitaba para evitar cual...


Una vez más se detuvo antes de llevar a cabo su plan. Aunque había ya tomado el impulso y tenía todo lo que necesitaba para evitar cualquier error, justo antes de lograrlo frenó a raya y soltando una tímida risa nerviosa, respiró aliviado. Aquella sombra turbia que lo acompaña a todos lados se posó en sus hombros a tiempo, le dio una palmadita de reafirmación en la espalda y lo llevó de vuelta al lugar de siempre. 
Esta vez había estado muy cerca, pero ni él no sabía. La culpa en esta ocasión se la atribuyó al mal tiempo, a esa nube negra que indicaba que la lluvia podía empezar en cualquier momento, sin previo aviso, y él, justo no llevaba paraguas, y además se había puesto el traje caro de ocasión; hubiese sido toda una calamidad. Sí, esa nube fue la que lo hizo pensar dos veces y por la que era mejor volver a casa. Ya sería la próxima vez, esa siguiente vez, sí.
Se puso el pijama de todos los jueves y se metió a la cama —que no se te olviden las medias— le susurró su oscura compañera al oído, mientras con sus escurridizas garras le empezó a acomodar la sábana alrededor del cuerpo. Él, obediente, siguió las rutinas de siempre para evitar cualquier imprevisto, se arropó hasta la cabeza y cerró los ojos. Todo al pie de la letra, manos apretadas contra el pecho, cuerpo contraído, posición fetal. 
Algunas noches, entre dormido y despierto, se le dibuja una sonrisa involuntaria al acordarse del suceso, le cosquillean las manos y se pregunta inquieto, qué pudo pasar… pero luego con un empujoncito de su gélido guardaespaldas, recobra la compostura y sigue contando en orden sus ovejas. Sería terrible que por puro descuido perdiera la cuenta y eso, eso sí que sería fatal.
1, 2 , 3, 4…

Hábitat

Cuando compraste el tacho de basura para tu casa, porque en alguna de nuestras conversaciones noctámbulas te lo sugerí, lo supe. Luego ...


Cuando compraste el tacho de basura para tu casa, porque en alguna de nuestras conversaciones noctámbulas te lo sugerí, lo supe. Luego fueron apareciendo más cosas: la repisa en la que decidiste tendría que poner todos mis tereques, el cajón nuevo que ubicaste justo del lado de la cama que escogí cada noche, la mesita de estar que pusiste frente a la tele, porque sabes cuanto me gusta desayunar con las noticias de fondo, los cojines que eran más míos que tuyos desde que llegaron y que estaban diseñados con colores que combinaban con mi ropa, mis cosas, mi vida. Con sigilo metiste tus llaves en mi cartera (llavero de mi gusto incluido), para que pensara que siempre estuvieron dando vueltas por ahí.

Sin darme cuenta me fui acomodando, acoplando, quedando. 

Al llegar a casa me encuentras envuelta entre sábanas, y observo desde algún hueco, cómo te sacas las capas que parecieran darte un inmenso calor. Y yo, completamente adaptada a mi nuevo ambiente, me muevo tranquila por los distintos espacios de la casa. 
No recuerdo ahora cómo era todo antes de estar aquí y creo que ya no tiene importancia, te miro mientras empiezas a armar algo que me resulta familiar; al terminar me dices con expresión cálida - tal como te gusta - feliz, me hago un ovillo a tu lado y sonrío al reconocer el clóset que alguna vez tuve en algún antiguo piso. Y así, acostumbrada una vez más, decido a habitar el conveniente espacio, que como buen estratega que eres, has creado para mí y para nuestro nuevo amar. 

Rituales

Te dejas llevar por el impulso del cuerpo, por los viejos modales de la infancia que te lideran, te inclinas un poco en señal de s...



Te dejas llevar por el impulso del cuerpo, por los viejos modales de la infancia que te lideran, te inclinas un poco en señal de saludo, y justo cuando estás a punto de dar la mejilla sin saber qué más hacer, algo te frena de golpe; la mano firme contundente estirada frente a ti. Te cae como balde de agua, cachetada punzante, y establece la distancia prudente que te advierte que todavía, solo todavía, no hay la confianza suficiente para besar. Reacción rápida y dos segundos más tarde te encuentras en medio del apretón. Entonces se descifran; que si es muy suave, que si gira la mano hacia esta o aquella dirección, que si está sudada, o si es raposa, o muy velluda; te acuerdas de las clases de semiótica y retumba en tu mente “todo comunica”. Se te vienen a la mente los dimes y diretes de la sociedad, esos que encasillan a media humanidad, y te entra un profundo y tonto miedo de hacerlo mal, porque de alguna u otra forma algo siempre está mal. Sin duda no te habías dado cuenta de lo complicado que puede ser saludar a un completo extraño. 
A veces es muy fácil, las dos partes parecieran estar de acuerdo: ambas manos se estiran en sincronía, un apretón modesto y ya cada uno por su camino. Pero casi siempre reinarán esas otras ocasiones, en las que sin pensarlo te llegas a adentrar en un extraño ritual, en el que dubitativa estiras y recoges las manos, o tal vez decidida sacas los labios esbozando un beso que se pasma antes de tiempo. Vas hacia un lado, hacia el otro, abres los brazos, chocan torpes los cuerpos, eres parte de una danza que no te enorgullece liderar. 
¿Pero cómo, cómo aprender todos los benditos códigos de cordialidad? peor si a medida que pasan los años, descubres que cada grupo, cada tribu tienen su propio ritual y te entra esa pequeña desesperación de la no-pertenencia, cuando sin saberlo no respondiste al golpe de puños, o al high five que los demás esperaban con normalidad. Y ni empecemos con los besos ¿uno, dos, tres… cuatro? ¿son realmente necesarios tantos besos? pareciera que la gente necesita romper la barrera de lo íntimo, porque claro que luego del tercer beso ya no hay nada que perder y ¿quién dijo miedo, no?
Te has dado cuenta de que no hay escape, y que la respuesta es entregarse sin más, prepararse para el próximo ritual de cordialidad, para otro de esos momentos incómodos que luchas por entender quién se dignó en inventar.